POR SI LAS MOSCAS

Recuerdo ese día, salí a la calle y cientos de pájaros revoloteaban el cielo. La niebla atenuaba las manchas negras y las fusionaba hasta desaparecer, haciéndolas imperceptibles para esa gente que acostumbra mirar el suelo. Me pregunté, mientras encendía el primer cigarrillo, si era época de migraciones y recordé que a mayo ya se lo llevaba la revolución y junio no sería más prometedor.

Sin embargo, ciertos indicios me alertaron esa mañana. Las aves girando sobre mi cabeza durante todo el trayecto indicaban que algo no andaba bien y sentí curiosidad por esto. Sentí curiosidad por todas esas cosas que no andan bien y nunca las tenemos en cuenta.

En el cruce de Callao y Lavalle deje pasar el 60 rápido, que tampoco tenía intenciones de frenar (en ese entonces prefería el transcurrir lento de los hechos). Fue la mejor de las peores decisiones de mi vida. Todo comenzaba a ir mal, si no es que el fracaso había comenzado antes: ese día en el que tenía 6 años y lloré porque no podía entender porque las polillas también se apartaban; o esa tarde en la que me dejaste para siempre porque “pensaba demasiado” y “desordenaba” tus días. Tiempo en el que te analicé obstinadamente tratando de descubrir un por qué (vacio), descifrando tu mente (frio), releyendo en imágenes todo lo que pensabas (hambre), lo que sentías (tristeza). En esa época creía ver más allá del aura, de la epidermis (ficción), y detectaba defectos y mascaras en la gente, casi sin mirar. (Lucha). Claramente nunca llegué a descubrir donde se escondían ciertas cosas, lo que veo ahora.

Mientras fugaba mis ideas del cordón de la vereda, una mosca con pintitas rojas se posó sobre mi saco. Tuve un mal presagio, pude ver un cadáver, mi cadáver, con miles de estos insectos voladores alrededor; llevando mi carne, mi sangre, mis huesos con evidente pasión, lo único que creía mío. Lo único a lo que podía pertenecer.

Intenté alejarla con un movimiento brusco del brazo, pero no se alejó. Me descubrí mirándola con cariño y me sentí atraído, invitado a esa muerte prematura. Tras varios aletazos la mosca cobró vuelo y seducido me indujo a seguirla. Mis instintos me controlaban. Nunca supe realmente lo que pasó, solo tengo fragmentos del recuerdo.

La mosca me envolvió y fue fuego, fue llama, fue juicio que pincha, fue hombre, fue noche, fue mar, fue risa aguda, fue escalofrío, fue ideas, fue gato, fue tristeza mas alegrías, fue niño, fue pasado-presente-futuro, fue el Aleph. Me desvanecí.

Creo haberme reincorporado mientras la mosca se alejaba, maliciosa y brillante. Me sentí aturdido, abrumado. Miles de sensaciones se apoderaban de mi cuerpo. Sentí ver la profundidad atómica de cada ser, de cada piedra, de cada conejo tras su dueño. Estridentes risas de niños disonantes estrujaban mis oídos. No entendía. No sabía. Comprendía el suceso. Regalé mi alma a la primer mosca que pasó. Se la di, ¿A cambio de qué? Incontables preguntas y verdades se clavaban filosamente en mi estomago.

Y ahí estaba yo: el que analizaba las cosas y quería percibir las sensaciones ajenas, como si las propias no bastaran. Nadie. Se me entumecieron los ojos y sentí el vacio del Kaos, el patio mojado, y comencé a correr sin un sentimiento puntual, enajenado de lo que hoy era mi realidad. Corrí varias horas, o días, quizás fueron años. No lo recuerdo.

Todavía hoy corro para escapar. Ya no quiero percibir, no pretendo pertenecer a nada. No quiero descifrarte. No quiero conocerme. No quiero apoderarme de la eterna imagen de mi reflejo sobre tus ojos. Pasaron muchos años y ahora solo percibo la humedad de las paredes, el color de una taza, el rubio de las melenas, la dureza del suelo y tantas otras superficialidades. Dejé la obstinación. Retomé el alcohol. Dejé las ficciones. Incorporé las aceitunas.

Ya falta poco, resisto.