Me gustaban porque dormían poco y de a ratos (como los perros). Se obsesionaban por cosas insignificantes, de esas que a nadie importan; y se bañaban solo para limpiar su conciencia. Fumaban solos, reían solos, bailaban solos, aunque acompañados.
Pero lo que más admiraba de ellos, sin duda, era su contacto con la gente: mínimo, nulo. Sin extrañar, sin saturarse, sin aburrirse ni que se aburran, sin apegarse y sin intervenciones. Sin explicaciones ni palabras justificadoras. Sin pertenecer. Sin necesitarlos. Dueños de sus orgullosas burbujas. Propietarios de sus mundos, de sus vidas, del tiempo inexistente y del rumbo errado.
Hoy, me dan pena. Sus neuronas evitan la sinapsis. Tienen otros interesas y le creen a la TV, a mí, a vos, a los gatos. Se visten bien y usan perfume. Salen con ellas y se muestran.
Pero su principal preocupación/ocupación es más triste todavía: el deseo intermitente de la llegada del viernes, del sábado, del domingo. Anhelado fin de semana. (Si empieza el jueves mejor).
Salen porque le creen al día, por ser viernes. Porque es viernes y se sale. Ahora dejan que ordenen su semana. Porque ahora hay semana y tiempo y eventos y horas y noches y días. Ahora se está triste o se está contento. Y hay cenas y hay almuerzos y peinados que gustan y otros que no tanto. Hay ropas que quedan mal. Hay cosas que no combinan. Hay palabras que desentonan. Hay fotos en las que se sale feo. Hay muchos “tenemos que hablar” y riendas que ahogan.
El resto de los días no importa, es pasar la semana, dormir la mente y espiar vidas por una ventana.
Y a vos (si, a vos te hablo), que eras uno de ellos, pensé en advertírtelo, aunque seguramente ya lo sepas, lo elijas, lo sientas. Pero no lo hice, no pude. No quise intervenir en tus acciones. Quizás yo también este ignorando mis raíces, quizás yo también ordene el tiempo y este yendo hacia el mismo cielo.
En definitiva, que importa lo que hagas. Me gusta tanto verte reír que no pude decirlo. Me gusta tanto verte reír…