Ahora que volvieron los gatos seré yo la que reciba los rasguños.
Y al igual que sus piernas, acostumbradas, mi carne se abrirá en dos y quizás sangre y quizás duela y quizás finja lo que no siento. Y quizás.
No lloraré. Estoy segura. Lo sé. Mi cuerpo apesta de cicatrices. Como aquella: pequeña, saltando sobre la cama, tropezón y el vidrio sobre mi párpado cortó mi risa; y la convirtió en escándalo, en llanto, en brazos de padre preocupado, en hospital. En pegamento.
Tan atrás quedó ese recuerdo... y ahora acá: tan presente, tan idéntico. Se asemejan. Pues, como en ese entonces, el pegamento también repara cualquier herida.