Bar, bares sin bares.

Tengo una adicción a los bares, esos bares: los nocturnos y los diurnos. A la soledad de la multitud y al silencio del murmullo. Esos bares, sacando lo peor de mi. Esos bares, los no lugares del mundo. Transitorios pero permanentes en la memoria. Flexibles en temporadas cálidas, reparadores cuando el frio escarcha. Donde nadie te conoce, donde no sos ni fuiste ni serás jamás. Extranjero en sus mesas, ciudadano de sus penas. Pronto te irás.
Animales que beben, rien fuman se desean, proyectan, murmuran creencias, envidian trajes, huyen. Sentados, huyen.
Voy dejando atrás la pantalla de la jungla, la escena pierde nitidez y me olvido. me voy. Dejo las voces que torturan y me ahogo en silencio. Me voy en palabras que apestan. Me desnudo ante los usuarios y no son más que eso. Acá estoy, una vez más refugiandome en el roze frenetico de la biromen sobre el papel. Espiando vidas desde un rincon, sacandole punta a las relaciones insensataz. Fieras consumiendo. Consumen reproches y engaños, cuentas claras y resurrecciones.
Son ira diluida en un café. Son frustración y melancolía enfrascada en una cerveza; que se bebe en vaso y de a sorbos, para que no se marche, para que nunca nos deje. Son tiempo, energía, espacio.
Son 20 pesos. Solo miro al mozo y me voy.
Quizás no pague. Quizás no vuelva.