Duermo.
Sueño con una casa en la que estuve alguna vez, con un viejo amor
insignificante en mis días, un zaguán conocido, una puerta entreabierta.
Pero ahí está él, tomando mi mano, inimaginablemente relevante,
sustancial. Observo el tono calido mate de su piel, siento mis dedos
dentro de los suyos, siento el abrazo de su tacto calmo y tímido.
Siento.
Defensivamente tengo la
intención de romper el lazo cuando una vigorosa atracción nace del
centro de su mano, puedo resistirme y lo sé pero es todo demasiado puro,
me embellece, me completa. Magía, belleza, calor, amor. Todo eso nace
de ese punto, me atrae, me imanta, y un miedo fragmentado quiere apagar
todo. Siento ganas de besarlo, su magnetismo desintegra cualquier duda,
es una necesidad de saltar de romper un velo. Como una escenografía de
sombras chinescas donde los actores se cansan y rasgan la tela para
darse a conocer en escena. Me acerco, lo beso, su piel está más clara,
casi como la mía. No veo sus ojos, solo la mitad inferior de su rostro,
su sonrisa; lo desconozco y sin embargo tan familiar. Busco sus formas.
Quiero descubrir quién es, dónde está. Comienzo a desesperarme, puedo
reconocerlo.
Ahí estoy frente a mi. Me and me. Mi piel es tan
blanca…Rompí el velo, lo siento. Di el salto y estoy en el sueño. Las
dos Bárbaras se juntan, en un zaguán sintiendo el todo. Vuelve el temor,
se donde estoy y me da fiaca decidir que hacer. Prefiero dormir. Y
duermo, estoy durmiendo lo sé, pero ahora lo siento, y está todo
tranquilo. Todo tranquilo y plateado.
/prefiero inventar.