Destiñéndome

Algunos domingos suelo bañarme. Tipo 7, 8 de la tarde, me sumerjo 30 o 40 minutos en lavandina caliente. La otra tarde, entraste a la cocina, y ahí  estaba yo: desnuda con mis 150 litros de hipoclorito de sodio hasta el cuello. 50 tarros de “Ayudín” de oferta. Te quejaste por los gastos que ocasionaba, te expliqué que los compré en el chino.  Agarraste las llaves del auto y apuntaste hacía la puerta. Antes de marcharte giraste rápidamente, me miraste sonriendo e ironizaste “No te destiñas, que sos muy blanquita y se te van a ver las venas y las cosas rojas y verdes que tenemos dentro.” Ahí me dejaste por última vez, liberándome de pigmento. Alimentándome de tu ausencia;  como un saquito  de té, que se sumerge despacio para absorber vacio y teñirlo todo. Quizás hoy no funcione, quizás estén vencidos.