Cuando los oidos zumban

Mis pelos bailaban, las pulgas reían. Seguramente me movía para no caer. Transpiraba y me pesaban las pestañas; esquivando pisteros, llegué al baño por un saque para reanimarme. No sé qué aspecto tendría mi cara, recuerdo que ni me miré en el espejo pero seguramente no era nada prometedora ya que un par de rubias exaltadas se pararon de golpe al verme pasar. Sonreí y regresé a la pista.

Me da risa verme volver a esos lugares y luego bronca, luego tristeza, nuevamente risa, y todo de nuevo durante muchas horas. Algo muy parecido al hipo.

El agobio físico era demasiado e impulsivamente salí a la calle sin saludar a nadie, evito las explicaciones y las excusas. Me temblaban las manos frenéticamente así que como pude encendí un cigarrillo.

Caminando por Av. Las Heras solo crucé a algunos jóvenes extasiados y a dos vagabundos que reían a carcajadas. Noté lo hermosa que estaba la noche para aquellos que no esperan.

Y ahí estaba yo, caminando sigilosa, midiendo los pasos para no tropezar, esperando que algo distinto sucediera. Llevarme esta escena conmigo, arrancarla de la ciudad irrespetuosamente. Un choque, una aspiradora volando desde un balcón, un culebrón mexicano, un pedazo de vos reclamándome. Esperaba.

Esperaba que me llamaras; que me nombres en silencio, que me recuerdes bajo una lámpara; que me imagines sola, caminando de a pasitos, descalza ya, vigilada por los techos y los gatos, invadida de ciudad, de polvo, de noche ajena, de miedo, de alfileres, de bacteria, de oídos sangrantes, de conejo multiplicado, de espera. No llamarías ni harías nada que no estuviese planeado, nada sin estrategias, sin orgullo. Suprimirías cualquier impulso, no harías algo que yo no espere.

Esperé. Colectivo, cambio de monedas, que un auto me esquivara, que el semáforo se tiñera de rojo, que un florista me hable, que dos extraños me ignoren, que la próxima cuadra no tenga faroles rotos, que Bs. As tenga más estrellas, llegar a mi cama, que termine el día y que empiece el sueño y bajo un conglomerado de esperas simultaneas, llegue a la parada, donde previsiblemente, tendría que esperar.

Me sentía realmente muy mal. Me obsesionaba la idea de permanecer eterna ante el suceder de la espera. Afortunadamente, el 60 llegó rápido. El chofer se negó a llevarme sin monedas y yo a bajarme. Detuvo el vehiculo furiosamente advirtiendo que ahí terminaba el viaje. Los pasajeros me miraban exclamando quejas. Me puse nerviosa, no quería discutir, solo llegar a mi casa, taparme y dormir. Un viejo me acusó de borracha y se quejó del comportamiento de los jóvenes actuales (hasta el día de hoy me pregunto hacía donde iría ese viejo a las 3 am). Varios seguían protestando y una señora cansada de mi “falta de educación” me dio 2 monedas de un peso para que pague y continúe su viaje.

Me senté en el último asiento contra la ventana. Escuchaba a lo lejos que seguían discutiendo mi falta de respeto. Quería saber que decían pero me zumbaban los oídos y temblaba tanto que no podía imaginar otra cosa que mi próximo desvanecimiento. No tenía miedo, lo sabía, me iba a caer. Toqué el hombro de el señor que se sentaba adelante pero no llego a reaccionar a tiempo.

Abrí los ojos, toda la imagen era confusa. Una vez más el colectivo estaba detenido. La señora que me pagó el boleto, inclinaba mi cabeza hacia el suelo repitiéndole al policía que estuve 4 minutos inconsciente con los ojos abiertos. Nunca entiendo como la gente registra esos asuntos.

La mayoría de los pasajeros ya habían descendido, el chofer tenía una imborrable cara de pánico, “la ambulancia ya llega” decían otros. Y ahí tirada, desvaneciéndome nuevamente ante cada dato que intentaban sacarme.

Ahora miro el techo de los pasillos color crema, pienso en las instalaciones, en la ubicación de los conductos de ventilación, escucho que los médicos ríen, acaba de ingresar un herido de bala. Espero. Respiro profundo absorbiendo todo el aire que queda; absorbo el mundo, lo filtro y lo dejo escapar. Espero nacer. Ya no espero la muerte. Sé que ella me encontrará, una noche cualquiera, caminando sola por alguna ciudad: Esperándote.