Eran las 02:35 hs cuando pregunté la hora, me habían echado del bar. Para ese entonces ya había bebido suficiente y sentí la necesidad de correr. Correr como si alguien me siguiera, correr como si tuviera un plan, correr con la esperanza de encontrarte.
Sabía que no estabas pero igual corrí. Corrí fuerte hasta que me temblaran las piernas, hasta tener la sensación de no poder parar de correr, de no querer parar de correr. Corrí firme y con la mirada perdida. Fueron las 20 cuadras más largas durante mucho tiempo. No crucé a nadie durante todo el trayecto. Fue como si toda la gente se ocultara (inclusive vos) o como si estuviese dentro de un sueño; justo en ese instante en el que lo que imaginas se cruza con lo que empezás a soñar, y quedás dormido.
Te llamé varias veces; gritaba, total el mundo estaba vacío. No me escuchabas, así que crucé la reja y guiada por la luz del tercer piso que vislumbraba desde la calle, caminé entre el polvo de la construcción. Salté el tapial que da al patio trasero. Mis zapatos de taco alto empolvados renacían entre los escombros y el olor a cemento saturaba mi nariz.
Confundida y en la penumbra, subí los escalones velozmente, dejando atrás el proyecto de sala, la futura cocina y la habitación de los niños.
Una vez arriba, noté que la luz desde la vereda parecía mucho más brillante. Solo este espacio; con la vista más linda de la casa, dijiste un día, estaba ahora iluminado en la oscuridad de la noche. Solo el colchón con algunas mantas a cuadros yacía inmóvil en el centro. Y ahora estaba yo imaginándote ahí, recostado, leyendo, fumando, bebiendo, riendo, rezando; donde nos habíamos deseado tantas veces y tus pelos se enredaban con los míos. Ahí, donde no había rejas ni llaves, me sentía segura e inmortal: En tu abrazo.
No podía medir el tiempo. Solo quería que vuelvas, y jugando con tus cosas decidí esperar. Fumar. Esperar. Esperar y fumar.
El humo me fue envolviendo y el frio me invitó a taparme. Recordando tus manos, tu risa sobre la mía, me fui durmiendo. De a ratos despertaba y te veía entrar. Pero no, estaba segura, volverías al amanecer. Seguro estarías tocando en algún bar, esos bares, y el colectivo tardaría en traerte de vuelta. Con el ritmo constante de tu bongó en mis oídos me dormí, como para no volver a despertar.
Traicioneramente, me despertó la mañana, el sol, y no estabas. Y no estarías y no volverías. Me abatió el pánico, ya nada era seguro en ese lugar. En el patio, dos obreros recién llegados, pretendían terminar su obra. Me miraron sorprendidos, y ante mi rostro desesperado, acotaron alguna palabra reparadora que no quise escuchar. Salté rápido el tapial y salí.
No sé porque volví ese día. Me sentía tan sola. Ya nada era seguro en ese lugar. Ya nada era seguro. No sin vos. Todo en mi sigue vacio. El mundo está vacío. Ya nos volveremos a ver, seguro me dirías. Algunas veces agarro la biblia, solo para recordar tu voz leyéndome. Y mi risa... Mi risa incrédula sellada con tus besos para que no se escape nada de lo que tenía dentro. Y ahora tan vacía.
Hoy pasé por el frente de esa casa. Ya está terminada, te gustaría verla. La alquilaron y ya no la prestan a viajeros. Hoy está habitada pero para mí sigue vacía. Empolvada y vacía.